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Acerca de  La manzana dorada del exilio

 

Puede leer el libro completo accediendo a:

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Cuando se pretende encontrar algunas razones para leer o dejar de leer un libro, siempre nos asalta la duda: ¿el título será un punto de partida razonable?; ¿lo que dice el editor en la nota de contracubierta resultará la mejor guía?; ¿el prologuista estará acertado en sus apreciaciones?

Ninguna de estas guías nos ofrecen una respuesta categórica y mucho menos en una novela como La manzana dorada del exilio, escrita como se suele decir a cuatro manos aunque no de la manera habitual: entre dos escritores que suelen verse con frecuencia y debatir cada aspecto del argumento.

Muy por el contrario, los dos autores se encontraban tan distantes como las ciudades donde viven habitualmente: Andrés Casanova en Las Tunas, Cuba; y Ricardo Reig Vidal en Lleida, España. Todo lo planearon y ejecutaron de manera cotidiana por la vía del correo electrónico y he aquí el resultado: toda una aventura de la narrativa, un inusitado policíaco y una escritura que rebasó los límites del experimento para convertirse en un texto apasionado, cuajado de ultranacioanalismos, de defensa del derecho del otro a pensar, de la negativa por parte de los autores a dejarse arrastrar por dogmatismo alguno.

Centrados en el núcleo del material narrado, la caída del socialismo en los países de Europa del Este y la quiebra de las fábricas vinateras en Rumanía y Bulgaria ofrecen el punto de partida para que en apariencias, Luis Rodero se proponga montar un complejo de fábricas en algún lugar de Cataluña.

Sin embargo, esta afirmación narrativa podría encaminarnos hacia una falsa pista de ambos narradores movidos desde los entretelones por sus autores. El protagónico español, el joven estudiante universitario Francisco Fortesa Alumbrique se verá envuelto en serios conflictos en la isla caribeña y tendrá como contraparte dramatúrgica al capitán de la policía cubana Fernández Carbot.

El lector podrá disfrutar con extensos períodos narrativos llenos de acción y de intrigas como el fragmento que cito a continuación: «Aunque en Cuba nadie me conocía y quizás no pudiera huir eternamente de la justicia, al menos tenía una segunda oportunidad. Sin responsabilidades, sin pasado y con el futuro económico solucionado, únicamente obligado a guardar el secreto de mi anterior existencia, era posible que fuera capaz de convertirme incluso en una buena persona que atrajera a una buena mujer.

Aunque también serán plenamente disfrutables diálogos sólidos y fluidos al estilo de los tres que siguen:

«–No entiendo qué deberé hacer yo –le respondí dudoso».

«–Sólo dejarse enseñar. Convertirse en un empleado desconocedor de la desobediencia».

«–¡Caramba, no le he dicho mi nombre! –interrumpió de pronto el curso de mis pensamientos aquel hombre al que acompañaba sin saber en realidad si se trataba de la persona que debía recogerme–. Fue lo primero que me dijo el doctor Sánchez Vitañas que yo debía hacer».

Estos fragmentos citados pertenecen al primero de los capítulos y ofrecen la perspectiva del narrador español representado en este caso por lo que pudiéramos llamar «el delincuente». Porque en el segundo capítulo ocurre un cambio de perspectiva: el narrador será el capitán Fernández Carbot, que en cierta manera se convierte en el antagonista de Francisco Fortesa Alumbrique.

El que representa al agente de la ley se presenta a sí mismo de la siguiente manera: «Llevo más de treinta años trabajando como investigador policial y en cierta medida de tanto mirar la muerte, mi corazón se ha ido endureciendo al extremo de que a veces pienso que en su lugar tengo una piedra», por lo que podemos suponer que se trata de uno de esos policías duros, que carecen de compasión hasta consigo mismos. Sin embargo, nos aclara a continuación: «…quizás con el propósito de demostrarme a mí mismo que a pesar de eso [el corazón] seguía latiendo, le rogué a mi jefe que me dejara llevar el caso de los españoles», aclaración que nos permite concluir por una parte que no hay tanta dureza en el capitán y por la otra, que luego de haber leído el primer capitulo narrado por Francisco Fortesa, podemos estar seguro de que estaremos en presencia de una novela de espionaje o al menos, policíaca.

Prefiero detener aquí mis consideraciones personales sobre la novela cuya lectura les propongo y sólo a manera de persuasión desinteresada, les ofrezco los siguientes puntos de partida:

1º Será la muerte del doctor Sánchez Vitañas como consecuencia de un accidente en Cuba, la que daría verdadero comienzo narrativo a la presente novela. Los dos primeros capítulos servirían como núcleo introductorio de los personajes protagónicos.

2º Este contrapunto entre los dos narradores, el que representa la perspectiva de los perseguidores y el que representa la variante contraria, la que de quienes deben huir de los representantes de la justicia, le ofrece el lector un punto de vista múltiple y por lo tanto, más disfrutable que el de aquellas novelas policíacas que representan la vida literaria con dogmatismo.

3º La capacidad de los autores para crear una geografía cubana como Puerto Sur del Padre, Victoria de los Jazmines y Santa Montaraces, resulta uno de los componentes de una novela que se encuentra lista para ser leída de una sola sentada.

Ahora, el resto corresponde a los lectores.

          Julio Martín Bordell, diciembre de 2025

Capítulo 1 (Francisco Fortesa)

(Fragmento)

El aterrizaje me pareció brusco, aunque nadie a mi alrededor modificó su semblante y eso me hizo dudar. Así habría de ser todo a partir de entonces: dudas y destino.

La aeronave hizo un giro hacia la izquierda y un escalofrío recorrió mi espalda anestesiada por tantas horas de permanecer aprisionado en el reducido espacio del compartimiento para turistas del Boeing 747. Vi la loza del aeropuerto y, a medida que la nave descendía y se acercaba a tierra, creí que llegaba a mi destino; pero en ese momento, fui incapaz de comprender que en realidad me alejaba de mí mismo.

A nadie pude transmitir mis dudas porque de nuevo fui empujado a fingir cuando la azafata con cara angelical nos iba despidiendo con su sonrisa profesional.

Fingir, esa es la palabra que ha llenado mi vida desde que me recuerdo en un patio desolado, con mi madre llamándome mientras yo escondido dentro de una enorme tinaja toledana jugaba a no existir, a que el tiempo no pasaba, a que la luna era un pedazo de queso. Los fingimientos ante los maestros de la escuelita de mi pueblo, casi perdido entre los mapas, a quienes les hacía creer que me aprendía todas las fórmulas que ellos enseñaban para, supuestamente, hacerme un hombre de provecho. Los fingimientos ante Rosa, aquella especie de niña convertida en mujer por mí durante una tarde apasionada mientras iba jurándole con cada prenda que le quitaba que ella era el amor de toda mi vida.

La distancia no es el olvido, como dice un conocido bolero; al menos para mí, la distancia es el recuerdo de todo lo amado y lo odiado, es una división de contrarios entre el pasado y el presente, porque no creo en el futuro.

Y porque la distancia no es el olvido, yo recordaba mi vida pasada mientras los de la aduana registraban los paquetes y equipajes que les parecían sospechosos y llenaban documentos en un tiempo interminable.

En mi pequeña ciudad provinciana de una España que cada vez se me iba haciendo más borrosa, tuve la dicha de encontrar a una especie de mecenas. Entonces yo estudiaba Económicas en la Universidad barcelonesa, y el doctor Rodrigo Sánchez Vitañas se me acercó una tarde de junio, cuando ya todos los estudiantes olíamos a vacaciones, a playas mediterráneas y a comidas exóticas.

–Joven, permítame hablarle –me dijo el anciano, uno de esos profesores que se convierten en autoridades no tanto por la sabiduría que acumulan como por los años de estar impartiendo las mismas clases.

–Dígame usted, doctor –le respondí casi temblando. Que este hombre se hubiera fijado en mí ya me parecía un buen augurio.

–Conozco a un hombre lo bastante rico como para arriesgar casi una fortuna en hacer de los hombres anónimos gente de provecho –me dijo.

Nos sentamos en uno de los bancos más lejanos que rodean el paraninfo universitario y allí me explicó con toda calma. El señor Luis Rodero, un rico comerciante en vinos de La Rioja, buscaba un joven talentoso con el propósito de invertir en él una suma considerable. Tal joven debería ser incapaz de escupir la mano que le daría de comer y a cambio lo convertiría en un ejecutivo de su nueva empresa. Con la caída del socialismo en los países de Europa del Este y la quiebra de las fábricas vinateras en Rumanía y Bulgaria, se había creado un vacío en esa región por la falta de este producto, y Rodero se proponía montar un complejo de fábricas en algún lugar de Cataluña. Su intención era emplear como gerente general a alguien alejado del mundo de los negocios de la actualidad, por ser de esos ricos que se complacía con los experimentos: quería comprobar si aún en esta época existían jóvenes capaces de saltar por encima de la miseria de su procedencia.

Así, con esas palabras tan severas y… (Continúa)

 

Capítulo 2 (Capitán Fernández Carbot)

(Fragmento)

Llevo más de treinta años trabajando como investigador policial y en cierta medida de tanto mirar la muerte, mi corazón se ha ido endureciendo al extremo de que a veces pienso que en su lugar tengo una piedra; quizás con el propósito de demostrarme a mí mismo que a pesar de eso seguía latiendo, le rogué a mi jefe que me dejara llevar el caso de los españoles.

Cuando llegamos al lugar de los hechos, vi de inmediato algo bien extraño: la posición del brazo del cadáver no era la habitual en un accidente. Se lo comenté a Anisio Vargas, el subteniente que fungía como mi ayudante, y él me preguntó con una especie de aire bobalicón:

–¿Por qué tú lo sabes?

Tuve deseos de responderle que lo sabía porque lo sabía, ensayando así una de esas definiciones tremendistas de un libro sobre filosofía de la realidad virtual que estaba leyendo, en el que cada definición emplea diez veces la misma palabra que nombra el concepto. Sin embargo, me contuve. Anisio apenas tiene veinticinco años y resultaría abusivo que un viejo de cincuenta lo maltratase por no haber logrado adquirir experiencia respecto a la posición de los cadáveres.

–Fíjate en el ángulo que forma el codo respecto al vientre –observé, y el muchacho me miró una vez más como si estuviera oyendo hablar a un oráculo. Yo tenía fama entre los investigadores de ser excesivamente sagaz, y jamás había dejado de resolver ninguno de los casos que me entregaban. Le pedí a mi ayudante que revisara los bolsillos del cadáver.

–Salvo el pasaporte –me dijo Anisio– no hay más nada.

–No hay nada más –le rectifiqué, porque me gusta que mis ayudantes hablen correctamente el español, evitando las incómodas anfibologías a las que se prestan constantemente el su, y palabras como él y ella. Anisio me miró con cara de lástima.

–Juan Carlos Primelles Ortiz –leyó él, tratando de proyectar correctamente la voz para que yo lo escuchara, porque a nuestro lado los diferentes especialistas de la brigada de criminalística pasaban una y otra vez, conversando entre ellos y convirtiendo el lugar en lo que llamamos vulgarmente una olla de grillos que es como decir un pandemonio.

No le dije nada a mi ayudante, porque desde luego soy un tanto vanidoso y otro tanto precavido. Mi vanidad me lleva a divulgar todos mis triunfos, mi precaución me conduce a no divulgar aquello de lo que no estoy seguro. Y yo no estaba seguro que aquel viejito con cara de persona circunspecta, algo así como de profesor universitario, fuera a tener una mezcla de nombre de rey con apellidos de estrella de béisbol. No, este tío español, como diría otro español, no podía llamarse Juan Carlos Primelles Ortiz.

–Ordena que lo recojan todo –le dije a Anisio y me recosté en el guardafango trasero del VW Nuevo Polo que me tenían asignado para mis funciones oficiales. Para meditar. Para razonar aquellas extrañas circunstancias de un turista muerto en un lugar que históricamente no había ocurrido jamás un accidente. Yo había revisado con calma el estado técnico del vehículo y además conversé con los mecánicos de la empresa Rent a Car que se encontraban por allí en espera de que les autorizáramos a llevarse el vehículo destrozado.

–Los frenos estaban perfectos –me había asegurado el jefe de la brigada hacía unos instantes.

“Aquí tiene que haber gato en jaba”, me dije mientras recordé que Sherlock Holmes usaba una pipa o un violín para estos casos de deducciones misteriosas y de pronto me sorprendí fantaseando. Si yo fuera Holmes, necesitaría a un Watson viejo y regordete, y no a un imberbe más flaco que una chiva con diez días de hambre como este pobre Anisio, que de tan melindroso apenas comía nada.

–Jefe, ya todo está listo –dijo Anisio acercándose donde yo estaba.

–Pues vámonos –le respondí secamente, a sabiendas de que es en extremo susceptible y cuando le hablo en ese tono, se sume en el más absoluto de los silencios mientras maneja.

Yo aprovecho siempre los silencios de Anisio, incorregible parlanchín, para meditar.

Ahora mismo, mientras voy disfrutando de un paisaje casi… (Continúa)